viernes, 2 de marzo de 2012

Letras


El día está furioso, la luz entra a raudales como queriendo incendiar la tierra. El magnetista entorna los postigos de la ventana para atenuar el impacto de la luz, como lo haría un Minotauro en mitad de su laberinto. 

Azul tiene puesto un pañuelo negro en su cabeza, atando su pelo, suspendiendo su mundo. El magnetista la escucha en su discurso circular de siempre hasta que Azul pronuncia un verbo, una batalla, un desierto, y entonces el magnetista pregunta:

- ¿Quién es ese hombre del que me habla? Ella se detiene y se inunda con una idea vaga y sinuosa. Se siente descubierta, aterrada, y por fin puede decirlo. 

- Un hombre que es un destructor de tabúes. Un hombre de altos mares y surcos desolados.

- El hombre que la besa, afirma el magnetista. Sabiendo que en Azul el beso es la fuente de todo desmayo y rebelión. 

Antes de partir, frente a la puerta, como si fuera a afrontar el mundo de otra manera, Azul se quita el pañuelo que retiene su pelo y caen miles de palabras al suelo, silenciosas, hojas de otoño colonizando el invierno. El magnetista abre un postigo y la luz entra a tropeles para darle sentido al mundo. En el suelo queda escrito:

Una rebelión consiste en mirar una rosa, hasta pulverizarse los ojos.


Nota: Las frases son de Pizzarnik.

sábado, 25 de febrero de 2012

En la ventana



El magnetista se sienta a escribir y en el blanco del pensamiento, se detiene, y camina en círculos por su consulta. En uno de sus círculos se detiene en la ventana y entonces la ve, desnuda, detenida en el tiempo, esperando a que llueva frente a los cristales de su apartamento. Un gato la acompaña y mira la tarde como se mira un mapa en un barco a la deriva, sin comprender el sentido de las nubes, sin norte y también sin sur. La piel blanca de la mujer se confunde con la piel blanca del cielo que quiere llover. El gato gira la cabeza y se queda mirando fijo como si mirara un fantasma: mira al magnetista en la ventana de enfrente mirar a la mujer.

El magnetista retoma su tarea de escribir en folios blancos y cansados. Sentado, en el silencio que precede a las tormentas imaginó que ella lo observaba por la ventana, fumando desnuda, inventando laberintos de gato extraviado.

viernes, 27 de enero de 2012

Poseída


Muriel entró a la consulta acompañada por una llovizna tenue llorando detrás de los cristales. Entró y sin que medie ningún gesto por parte del magnetista se recostó en el diván en silencio. Entonces hubo silencio. Hasta que algo lo rompió. 

- Me siento poseída por las cosas, dijo finalmente sentenciando en una frase su estado emocional. 

Algo inusual ocurrió entonces. El magnetista se puso de pie y comenzó a dar vueltas como si fuera dictar una conferencia. Se sirvió un vaso de agua y comenzó su speach. 

- ¿Sabe cuál es la diferencia entre una poseída y una bruja? No esperó la respuesta y continuó. Una poseída es una mujer sitiada, un espacio móvil a partir del cual se libra una cruzada entre el bien y el mal. Es el campo de batalla, la geografía, la superficie y sus túneles a través de los cuales el exorcista trata de expulsar el mal del cuerpo. Y la poseída a veces lo ayuda y a veces cede a los placeres del deseo. Es un cuerpo en tránsito, gobernado por fuerzas externas. Tomó un sorbo de agua. Una bruja, en cambio, es un cuerpo autónomo, libre, vuela, desaparece, eterna camina a su antojo, transforma su cuerpo: a veces vieja inmunda, a veces mujer bella y sensual. La poseída es inocente, la bruja es culpable. La poseída debe ser exorcizada, liberada, la bruja quemada, mortificada. La poseída duda entre el bien y el mal, por eso hay que ayudarla. La bruja ya eligió su libertad, su autonomía. La poseída tiene culpa de ser mujer deseante, la bruja ama el deseo como a sí misma. 

El magnetista se sentó. Y el silencio de la llovizna hablaba por los dos. Ella se levantó y sin mirar hacia atrás se marchó con su paraguas en la mano. El magnetista se asomó a los cristales minados por las gotas de agua y  la vio cruzar la calle bajo esa llovizna persistente: cruzaba volando el empedrado de sus pecados.

jueves, 5 de enero de 2012

Birthday


El día 5 y el día 6 cumplo años. Como buen representante del signo serpiente nací dos veces al mismo tiempo.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Barco


Dormir no es soñar. Soñar no es vivir. Se vive si se sueña y se duerme para recordar”, escribió el magnetista en una hoja de papel con tinta indeleble. Luego hizo un barquito, lo soltó al borde del río y lo dejó zarpar. Todo se aleja hacia el futuro incluso esta tarde.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Tarot


La luz de la lluvia caía gris sobre el rostro de Azul, triste y sensual. Sus lágrimas buscaban la trayectoria de su escote, pronunciado desfiladero en la línea recta hacia el mar de su tristeza.

La tarde abrió la boca y el azar se coló por la ventana. El magnetista supo qué hacer.

- Creo que por hoy ha sido suficiente. Pero antes de irse creo que la reconfortará que hagamos un ejercicio. Azul lo miró aún triste pero intrigada.

El magnetista cogió de su escritorio negro de diseño italiano una caja antigua, labrada, misteriosa. Sacó de su centro un juego de naipes de Tarot. Cuando abrió la caja un perfume a lilas inundó el lugar. Luego se sentó en su escritorio, invitó a Azul a hacer lo mismo y comenzó con los ritos del Tarot.

- Exploremos a ver qué nos dicen los arcanos, dijo sin mirar a Azul.

Y luego la miró y frente al desconcierto de su rostro aclaró:

- Los arcanos, secretos ocultos, en sánscrito. Sonrió y Azul asintió.

Con la lluvia hablándole al oído, el magnetista desplegó arcanos mayores y menores, combinó imágenes e interpretó futuros. Cuando paró de llover Azul salía de la consulta del magnetista con una sonrisa blanca y luminosa. Nada mejor que inventar un futuro para creer en el futuro.



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sábado, 29 de octubre de 2011

Diferencia y Repetición



El magnetista está sentado en su escritorio negro de diseño italiano. Escribe. Escribe notas en su libro de notas. La lluvia plomiza cae con gotas grises tras los cristales. Y su letra perfecta dice: 

“Ismael abre la puerta con la lluvia a sus pies dejando huellas grises en su paso lento hacia el diván. Se recuesta y detiene su pensamiento antes de hablar…”

De modo abrupto un ruido brutal. Es la puerta que se abre y saca al magnetista de su escritura. Es Azul que entra intempestiva, como una tormenta en madrugada. Esta mojada por la lluvia que transparenta sus senos detrás de la camisa blanca, con minifalda negra y botas de montaña negras. 

“Ismael comienza a hablar pero se interrumpe por la entrada Azul a su sesión y la mira atónito. Sin saber qué hacer…”

Azul no ve al magnetista en el escritorio desde donde escribe. El magnetista la ve divagar por el salón hasta que se pone de rodillas frente al diván. Sus piernas blancas y delgadas y la posición de su cuerpo dejan intuir que no tiene bragas. Vino desnuda. 

“Ismael la mira asombrado cuando Azul lentamente, con la precisión del felino frente a su presa de caza, descorre la cremallera de Ismael y besa despacio su sexo… Ismael mira pasmado al magnetista. El magnetista mira sorprendido la escena y no sabe reaccionar”

Azul arrodillada frente al diván, hace una felatio al aire, al vacío. El magnetista la mira hacer detrás del escritorio, desconcertado. 

“Ismael se retira al goce. Azul lame y bebe, interna su boca y explora aromas y sentidos. Y en un giro inesperado, de esos de gato con luna, sube a horcajadas al cuerpo de Ismael. Todo es tan rápido que el magnetista sólo atina a decir de pie: Azul estas violando la intimidad de mi paciente…”

Finalmente Azul se recuesta sobre el diván, exhausta. El magnetista se acerca y ella no lo ve. Está sola con su diálogo justificante, explicaciones circulares. En Azul toda repetición es diferencia (piensa el magnetista). Cuando ha terminado de dar explicaciones, se levanta y cierra la puerta dejando el perfume de su éxtasis en la habitación. 

El magnetista no fuma. Pero enciende una pipa con tabaco aroma a chocolate para que el humo disipe lo que acaba de pasar. Pero el humo no disipa la lluvia. Es hora. Ismael abre la puerta con la lluvia a sus pies dejando huellas grises en su paso lento hacia el diván. El magnetista sabe que Azul no puede tardar en llegar. Para que haya diferencia todo tiene que repetirse.


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